Si hay un reto en torno a la presentación y promoción de nuestras artes plásticas, lo constituye sin duda alguna esa necesidad imperiosa de “atrapar” al gran público, que por lo general permanece apático ante todo cuanto acontece a su alrededor. Realidad local que no deja de reflejar a su vez un problema a nivel mundial, que ha obligado a los grandes y pequeños centros culturales, a museos e instituciones, a repensar las estrategias motivacionales de sus ofertas y servicios, para “enamorar” a un público que es vital para el fortalecimiento y consolidación de sus metas corporativas. Por lo que el espacio no convencional como alternativa, exige insertar el hecho expositivo en sus propias complejidades funcionales. Ello representa una posibilidad muy concreta en el deseo de activar ese diálogo esencial, que permite abrazar al arte como una verdadera necesidad existencial, dentro de nuestra cotidianidad urbana. Caso aplicable, imprescindible y urgente para la Gran Caracas, si consideramos el nivel de abandono y deterioro que ha venido experimentando nuestra capital, desvinculándose de su verdadera función humanizadora. Su espacio público amerita estimarse no desde la parcela fragmentada, sino desde la idea renovadora de un todo, como nexo emocional y social. ¿Cómo pensar en un “arte en la calle” si ya esa calle dejó de ser territorio de diálogo cotidiano? Calle fragmentada políticamente, en la cual no cohabitan líneas de pensamiento en función de la calidad de vida del ciudadano. Queda replantearse el espacio urbano, hacerlo digno, no en apariencia y en retórica populista, sino más bien en posibilidad de acercamiento con su genuino habitante. Partiendo de que el arte es en gran parte un refugio para mirarnos internamente, también lo es para esa necesidad de mirar al otro. En un centro comercial reflejo de una Caracas cosmopolita, como lo es el Paseo Las Mercedes, se ofrece en su dinámico Trasnocho Cultural la oportunidad de seguir edificando una iniciativa privada promovida por la FIA desde el 2003. Un “Parque de Exposiciones” en el mero centro de su actividad comercial y enmarcado en una ecléptica arquitectura que se impone a todas luces. Parque por demás simbólico, que se construye en cada una de las ediciones anuales de la FIA a partir de su entorno circundante, que como piel y sentir urbano conforman su identidad espacial y funcional. Parque sembrado no precisamente de áreas verdes, sino configurado por obras de arte que buscan integrarse a la pujante vida diaria que se promueve internamente, como lo son sus salas de cine, de teatro, de exposiciones, ofertas culinarias, librería, discotienda, todos, al unísono, hacen ruido para captar las miradas y atención de un público cada día más “variopinto”, que se siente protegido y resguardado del caos. El Parque de Exposiciones FIA Trasnocho, agarrado de la mano del arte también va en búsqueda de ese público, para imponer por igual una presencia de punta a punta. Presencia que en su dinámica colectiva se hace abierta y accesible. Parque que nos obliga a convertir las ideas que definen el perfil curatorial, en un verdadero cuerpo con el espacio existente, con quienes lo habitan y lo trasforman día a día. La obra de arte se convierte entonces en parte corporal, no como “implantación” forzada, más bien concertada, ensamblada. Museografiarla desde las propias exigencias del creador, del espacio mismo y del público, resulta la mayor responsabilidad ya que no hay diálogo posible si no se parte de ello como principio. El escenario del Trasnocho Cultural se hace parte fundamental de ese diálogo, llevando toda su complejidad a una propuesta transformadora. En esta tercera edición, el parque se orquesta con el trabajo de doce creadores, quienes a través de la exploración del espacio se vinculan con esa envolvente arquitectura vivencial y emocional. Logrando a partir de la utilización de materiales no convencionales, no tradicionalmente escultóricos, crear nuevos vínculos con el hecho tridimensional. En esta oportunidad se plantea primeramente la obra como espacio en sí misma. Obra creada desde lo íntimo, proyectada hacia un colectivo que le permite trasformarse, mutarse en el espacio, ampliarse en toda su dimensionalidad. Justamente esa búsqueda tridimensional se fortalece desde la alianza conceptual, desde la mirada intimista, desde la introspección, desde el paisaje entretejido como piel, desde la cosmogonía del ser y desde el ser mismo. Para hacerse encuentros, vínculos, para convertirse en obras animadoras, en obras comunicadoras. Y por qué no, en detonantes de nuevas emociones, de más vida. Proponérselo es acercarse más a su verdadera realidad. Tres creadores, figuras y referencias de las artes plásticas del país como lo son Pedro Tagliafico, Ricardo Benaím y Clemencia Labín, aportan su veteranía para unirse en colectivo a Giuliano Bartolozzi e Isabel Cisneros, quienes representan otra generación que a partir del trabajo constante propician nuevos aportes. Se suman a éstos José Vívenes, Reymond Romero, Juan Carlos Urrutia, Enrique Moreno y Emilio Narciso, que abren nuevos espacios para el diálogo joven. Y Lucio Vega y Frederik Pimentel, que salen del taller de estudio al ruedo expositivo, para refrescar este colectivo con renovadoras propuestas. Juntos conforman ya no sólo un Parque de Exposiciones, también lo es de ideales ciudadanos, de libertades creadoras y de pensamiento plural. Parque para el encuentro y la reflexión, parque para hacer país. En eso andamos. Alberto Asprino